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En la política cómo en la cocina: ¿Qué sabor nos deja el proceso de paz en Colombia?

L'impossible paix en Colombie.

Le processus de paix en Colombie, où le gouvernement n’entend pas abandonner les négociations avec les FARC, poursuit ses pérégrinations hasardeuses. Stefano Badalacchi revient sur une odyssée « cafetera » semée d’embûches.

« Es un proceso de paz que tiene al mundo entero pendiente » dijo Santos el martes pasado en la Habana refiriéndose al proceso de paz en Colombia. Pareciera que el imperativo que tiene hoy el gobierno es responderle al mundo y a los ojos de la comunidad internacional antes que al pueblo colombiano ; quien por su parte o está desinformado o simplemente el conflicto no le concierne.

He estado pensando la paz últimamente, pensando en cómo se puede llegar a una estabilidad a largo plazo y no a una “paja mental” en la que se firma un papel dónde la práctica no es más que una ilusión a la que nos tienen acostumbrados. Creo que va a ser un fracaso y siento el deber de hacer reflexionar. Tal vez sea joven y apasionado, pero lejos de Colombia tengo la oportunidad de observar más objetivamente sin dejarme llevar por los ánimos, creo.

Algunos me llaman pesimista, otros me dicen que mi visión es muy conservadora y que hay que abrir un dialogo. Yo concuerdo con los demás aunque me gusta siempre aclarar que la política es cómo la cocina….si los ingredientes no se mezclan bien desde el principio, el resultado puede ser un completo desatino gastronómico y es mejor evitar la indigestión que vomitar lo que ya nos embutimos.

Esta misma lógica la he aplicado con el proceso de paz que se abrió en noviembre de 2012 y voy a seguir mi razonamiento como si de una receta se tratase.

Mi primer ingrediente se llama cese al fuego, puesto que no puede haber un entablamento de proceso de paz sin una previa extinción de los enfrentamientos , si no ¿de que sirve negociar la paz cuando la guerra sigue haciendo victimas? No nos equivoquemos, el proceso de paz no es una zona de distención y no es un espacio temporal sin derecho, es un espacio de amnistía.

Cuando falta éste primer componente se crea una gran desconfianza tanto de los campos que batallan cómo en la sociedad civil quien es, en el plato del día, el segundo ingrediente.

Donde esta la sociedad civil en todo esto? Bueno, la sociedad civil colombiana esta esparcida por todo el país de manera desigual. En los centros urbanos gozamos de seguridad y nos hacemos unos simples espectadores de lo que pasa allá lejos en las montañas y selvas. Encendemos nuestro televisor vemos las sangrientas noticias, comentamos, criticamos y nos sumergimos en las hermosas piernas del entretenimiento. Luego miramos a nuestro alrededor, nos sentimos cómodos y nos vamos a la cama con la tranquilidad que nos rodea el estar bajo tantos privilegios.

Concluimos que el conflicto está marginalizado y que de igual manera nunca se podrá hacer nada. Si damas y caballeros, la infraestructura precaria con la que gozamos en Colombia nunca va a permitir que el estado esté presente por doquier, lo que al final crea más desigualdad, odio y anarquía por parte de líderes locales.

Por otro lado tenemos a los que sufren el conflicto. 3,7 millones de colombianos son desplazados internos; muchos sin casa, sin trabajo y sin que comer. Mi objetivo no es victimizarlos más de lo que ya son, pero si de crear conciencia. Hay que afrontar la realidad y dejar de vanagloriarnos porque tenemos que disque el “segundo himno nacional más bonito del mundo” o “el mejor café”. Mientras sigamos escondidos detrás de éstas pequeñeces digo yo, nos va a pasar lo de Don Quijote, quien sumergido en un mundo de fantasía, perdió la cabeza y distorsionó completamente la realidad.

No hay recursos de justicia, no hay reparación vigente y sobretodo no hay verdad.

Entre la indiferencia del primer grupo civil ya descrito y la desconfianza hacia el estado del segundo, nuestra sociedad civil no es más que un rompecabezas dónde cada cual tira por su lado. Sin homogeneidad en oportunidades básicas cómo educación, salud y justicia el resultado en 10 años, haya paz o no, va a ser el mismo.

La desigualdad crea resentimiento, el resentimiento odio y el circulo vicioso vuelve a girar. A esto abonemos el hecho de que somos una sociedad con propensión a la violencia, una violencia que se ha transferido a nuestro ADN y que se puede atenuar, pero con razón e inteligencia.

La sociedad civil es para mi, en esta exquisita receta culinaria, el ingrediente básico, el que no puede faltar, por así decirlo es la sal del proceso de paz. Sin una sociedad civil reconstruida desde la raíz con un verdadero empeño político y con resultados visibles y no en bolsillos ajenos, nuestro plato se torna insípido, soso y terminamos por no comerlo con gusto.

Reclamamos al chef que prepare el plato de nuevo, y volvemos a la misma historia, sal no hay, el plato va a ser siempre igual.

Cuando el presidente Santos decide emprender la gloriosa tarea de sentarse a negociar, a dar curules y a repartir la tierra, creo que se le olvidó un principio básico de la democracia: no se dialoga con lo que nunca hizo parte de ella o bueno no se les deja en la impunidad y se le da su merecido lugar.

La Corte Penal Internacional es muy clara en sus asuntos. Crimen de guerra, crimen contra la humanidad o derivados, deben, por principio y por un mínimo de respeto ser juzgados. Ah, lo olvidaba, esto también puede jugar en contra de ciertos de nuestros amados elegidos. Lo que es Falso no es Positivo y mejor no ir más allá para no salirnos de nuestra línea.

No hay cese al fuego general, no hay una sociedad civil homogénea e involucrada y nos falta nuestro tercer ingrediente: la participación política de los excombatientes a quien le haremos una simple analogía con el azafrán. Caro, escaso y si se nos va la mano, nos deja todo colorado.

Ahora bien, la participación política es cómo este fino condimento.

Si no lo hay disponible o si no tenemos los recursos simplemente no se compra, lo descartamos de la receta y nos concentramos en nuestros otros ingredientes.

Aquí seguimos insistiendo en que tiene que estar presente, en que la participación política es la respuesta a nuestros males y es la manera que nos llevara a una paz estable y duradera. Me gustaría saber si todo nuestro gobierno es lo suficientemente orgánico cómo para compartir silla con lo que ellos mismos abominan o de igual forma, no nos hemos aun preguntado si las cabezas de las FARC realmente piensan en toda su organización y representarán los intereses del pueblo….¿cual pueblo? ¿al que decimaron o al que dejaron amputado? Tenemos la historia a la mano, miremos la catástrofe del M-19 y si no nos gusta la historia nacional, vamos a darle una ojeada a la guerra civil angolana dónde las elecciones y la participación política sumieron al país en la desgracia.

No nos dejemos confundir, aquí hay política y de la que mejor sabemos hacer, la sucia y la individualista.

En fin de cuentas queríamos hacer un plato refinado, lindo a la vista y con buen sabor.

Nos salió sancocho trifásico dónde el cerdo remplazó al azafrán y a la sal la remplazaron por caldo Maggi, un cubo de componentes dudosos, mezclado y sin origen que se hecha en el agua, se deshace y nos da el sabor artificial pero nunca lo encontramos.

Siento impotencia, impotencia de verme lejos y de no poder gritar, impotencia y miedo de ver que el silencio de los colombianos hace más daño que las balas que ya nos han matado. Siento frustración de ver cómo nos ven la cara de pendejos mientras como rebaños seguimos entregados a las manos de Dios, protagonista de todos los discursos no para dar esperanza sino para hacerle entender bien a los millones de colombianos que somos, que si “Dios quiere” se firma la paz. Ya no es un imperativo, es una posibilidad y de las muy lejanas y yo creo que Dios no quiere si no hay condiciones propicias, a él el Nobel no le interesa, a otro a lo mejor si.

En la Habana se reúnen las cabezas, pero una cabeza sin cuerpo no es más que un decapitado, tal y como estamos ahora.

A mi me sabe amargo, me sabe crudo, a sangre y a muerto.

Par Stefano Badalacchi.

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